Una frase, por desgracia, bastante habitual entre los trabajadores de empresas y organizaciones. Sí, decimos que apostamos por la innovación, que abogamos por la creatividad pero entra en el equipo alguien con ideas nuevas —ni buenas ni malas, simplemente nuevas— y nos las cargamos de un plumazo sin pararnos a considerarlas. Es como los que hablan de respetar la opinión de los demás y luego no te dejan ni hablar, lo que lleva a la frase de “En mi trabajo me cortan las alas”. Una hipocresía, vamos.

Creativos somos todos. Unos más, otros menos, pero todos tenemos un montón de ideas diferentes. El problema es que, dependiendo de nuestro carácter y del entorno en el que nos hayamos desarrollado —que potencia más o menos el espíritu creativo—, llega cierta edad (y cuando digo edad me refiero a experiencia, no años en el DNI) en la que, si no te han cortado las alas decides cortártelas tú mismo para dejar de sufrir. Me refiero a que, al principio, tienes mucho que decir, mucho que opinar, mucho que aportar…, sientes que vas a explotar de ideas e intentas manifestarlas. Poco a poco, conforme la mayoría de las ideas se estampan contra muros de hormigón insoslayables y las pocas que sobreviven están tan desvirtuadas que no tienen nada que ver con la idea original, se te van quitando las ganas de explotar y acabas explotando pero hacia dentro; tragándotelo todo… Te conviertes en un ente pasivo que obedece y ejecute: ¿para qué nadar contra corriente?

Odebeder y callar…. El mejor modo de llamarlo

El hecho de que en mi trabajo me cortan las alas depende de caracteres (a mí eso del “obedecer y callar“, por desgracia en muchas ocasiones, no se me da demasiado bien; acepto el “obedecer pero antes te digo lo que pienso“, como mucho…) pero el sistema juega en contra. Hay que tener muchas ganas y fuerza para luchar contra eso.

En mi caso, detesto la “parálisis por el análisis“. Está muy bien analizar pero cuando tanto análisis te mantiene estancado… ¡que le den! ¡A actuar! Al menos si actúas te equivocas, porque analizando no haces nada, sólo analizas, juegas con números, hipótesis, suposiciones y previsiones… Leí el otro día a un diseñador que decía algo así:

En los malos diseños se ha invertido un 10 % del tiempo en crear y un 90 % en retocar.

En los buenos diseños un 90 % del tiempo se ha invertido en crear y sólo un 10 % en retocar.

Conclusión: ¿de qué sirve una idea tan retocada? Yo, cuando pasamos cierto límite de retoques, soy partidaria de hacer borrón y cuenta nueva. Es mucho mejor. Me ha pasado algunas veces empezar la redacción de una nota de prensa que pasa más de una decena de filtros. En cada uno va cambiando, cambiando y sigue cambiando hasta convertirse en algo totalmente diferente. Pero la siguen retocando y retocando hasta que, al final, es casi idéntica a la inicial. Tiempo perdido… ¡Tantas vueltas le dieron! Faltó una comunicación eficaz de inicio. Otras veces también me ha pasado que se acaba desarrollando una idea que no tiene nada que ver con la que planteaste y encima, una vez ejecutada, te dicen que no ha tenido éxito porque “TÚ tuviste una mala idea”. ¿En serio? ¿Era tuya? ¿O era una metamorfosis que nada tenía que ver?

¿Y tú? ¿Te dejan ser libremente creativo en tu puesto de trabajo o eres de los que pueden decir en mi trabajo me cortan las alas y me dedico a obedecer y callar?