El sentimiento de culpa no nos deja tomar decisiones o nos hace tomar las decisiones equivocadas. Además, si estamos inmersos en la culpa, hagamos lo que hagamos nos sentiremos culpables por haberlo hecho porque nunca llueve al gusto de todos…

El otro día leí una historia real que me impactó:

Cuando Diana empezó a controlar y aguantar su dolor y a tragarse sapos y culebras diariamente, por un lado tenía ganas de gritar a los cuatro vientos qué “hijo de puta” era su marido y por otro sentía que tenía que ser muy cautelosa, por el bien de sus hijos (para que la ruptura de sus padres no les afectara mucho). Se sentía culpable por no darse cuenta del rollo que se traía su marido con la secretaria. Estuvo aguantando día a día más de tres años […]. Esos tres años en que Diana se aguantó la rabia, de controlar y de ser como un autómata (puesto que tenía bloqueados los sentimientos), hicieron que, además de tratarse la espalda, tuviera dolores por todo el cuerpo que degeneraron en fibromialgia y cansancio crónico. Una hija tuvo anorexia, la otra se deprimió y el hijo más pequeño se fue distanciando.

[Fragmento extraído del libro “Botiquín para un corazón roto” de Victoria Cadalso]

Mis conclusiones y reflexiones…

¿Cómo Diana no dejó inmediatamente a su marido? Porque se sentiría culpable por dejar a sus hijos con una familia “desestructurada”.

¿Por qué, aún así, manteniendo la relación “por el bien de sus hijos”, se sentía culpable? Por no haberse dado cuenta antes de la infidelidad de su marido.

¿Por qué, después de la ruptura tras tres años de represión, se continua sintiendo culpable? Por haber aguantado y desgraciado la vida de todos, no sólo la de ella misma sino también la de sus hijos.

En conclusión: nos frena el sentimiento de culpa, la culpa nos paraliza, la culpa nos mueve a actuar “de cara a la galería”. Claro que, ¿qué hubiera dicho la gente (entre ellos, su madre) si lo hubiera dejado inmediatamente? Que tiene muy poco aguante, que no mira por los hijos, que es una impulsiva, que es egoísta… Sí, sí… Pero, al final, por no ser egoísta, por no liberarse de la culpa y actuar como sentía, por reprimir sus sentimientos por los demás, la cosa sale mucho peor…

Lo malo es que, en todo caso, si se hubiera separado en el primer momento, también tendría sentimiento de culpa… Así es que no hay otra escapatoria que deshacerse de este sentimiento de culpa porque, si no, nos persigue a todas partes.

Hay gente para la que es mucho más fácil: actúan siempre “como les da la gana” y no tienen ningún miramiento ni sentimiento de culpabilidad. Pero hay otras personas (entre las que muchas veces me incluyo) a las que parece que todo nos da reparo: “y si…”, me sentiré culpable, “y si…”, también me sentiré culpable… Pero al final resulta que ni tú ni yo somos los responsables del mundo; cada uno nos construimos el nuestro. Así que, como diría mi padre: “cada barco que aguante su vela“. Tú actúa según tu parecer y los demás que hagan lo mismo… En el trabajo, en casa, en el gimnasio, ¡donde sea!